domingo 23 de agosto de 2009
Ni este blog, ni su autor, han muerto (todavía)
jueves 23 de abril de 2009
Persiguiendo al caballo salvaje
[Conversación real. Los nombres de los participantes fueron cambiados.]
*Ring* *Ring*
[Descuelgan el teléfono.]
— — ¿Bueno?
— — ¿Carlos?
— — ¿Sí?
— — Hola, habla Paco.
— — Hola, Paco, ¿cómo te va?
— — Bien, bien. Oye, Carlos, ¿dónde estás?
— — Estás hablando al teléfono de mi casa, ¿dónde crees que podría estar?
— — No sé, quizás por error marqué el número de otra casa, y sucedió que tú estabas ahí.
— — Podría ser. Déjame revisar… Pues sí, estoy en otra casa. Ya me parecía que mi esposa me estaba besando con más lengua de lo normal.
— — Carlos, tú no tienes esposa.
— — Otra vez estás en lo cierto, Paco. ¿Quién será esta señora?
— — Pues mi esposa ha estado desaparecida desde hace varios años, ¿podrías preguntarle a esa señora si está casada conmigo?
— — Deja le pregunto… Dice que sí.
— — Ah, bueno, entonces dile que se quede donde está.
— — Oye, Paco, ¿y qué pasó?, ¿para qué me hablas?
— — Pues nada, Carlos, que te está buscando la policía.
— — ¿Y a mí por qué?
— — Pues a veces hacen bien su trabajo.
— — Malditos. Y ¿qué te dijeron?
— — Que fuiste tú el que robó la famosa piedra crepuscular del Cairo.
— — ¡¿Cómo supieron?!
— — Es que yo les dije.
— — Ah, bueno. ¿Y qué más les dijiste?
— — Les dije dónde estabas, por supuesto.
— — ¿Les dijiste que estaba con tu esposa?
— — Casi. Les dije ella tiene mal gusto. Luego los mandé a tu casa. Van para allá.
— — Uf, menos mal que ésta no es mi casa, eso los confundirá cuando lleguen aquí.
— — Oye, Carlos, pues la verdad te hablo para pedirte prestados diez mil pesos.
— — Debes estar confundiéndome, Paco, pues yo no tengo diez mil pesos.
— — ¿Cómo?, ¿no eres tú Carlos Hernández?
— — No, yo soy Carlos Gutiérrez.
— — Ups, mi error. Disculpe usted, señor.
— — No hay cuidado, esas cosas pasan. ¡Bye, bye!
— — ¡Chaito!
miércoles 22 de abril de 2009
Desalojo
Hoy en la mañana llegó una carta a mi puerta en donde me piden que desaloje mi habitación lo antes posible. Podría hacerlo, pero no me gustan los parques públicos como cama. La última vez que estuve en uno en ese plan, desperté con la cabeza apoyada sobre una almohada de ratas vivas. No es queja, es la almohada más cómoda que he usado. Lo molesto es que la estaba compartiendo con un vagabundo bastante cariñoso. Si algo sé es que no se debe confiar en una persona que tiene un profundo vínculo maternal con su sombrero, y que guarda celosamente en sus bolsillos la docena dientes que se le han caído. Por ello no pienso mudarme. Lo cual sólo es sencillo de decir. Conociendo a mis caseros, quienes sospecho que se criaron en un Gulag, si paso un día más aquí comenzarán a utilizar las más perversas técnicas rusas de tortura para ahuyentarme, como hacer que su hija Leonmarinovna tome el sol en bikini acostada en el jardín junto a mi ventana. Créanme, cuando eso sucede lo menos preocupante es que todas las plantitas del jardín mueran por la falta de sol causada por la enorme sombra de Leonmarinovna.
Como no puedo quedarme, pero tampoco quiero irme, he ideado un plan que me permitirá evitar la terrible visión del cuerpo en bikini de la hija de los caseros, así como presenciar los intentos del vagabundo por amamantar a su sombrero. Mi plan es, mañana a las 7am., salir de mi cuarto berreando y propagando insultos a diestra y siniestra. Enloquecer, sí. Armaré un escándalo. Voy a arrojar cosas, subiré paredes, arañaré el musgo del rostro de la casera, hablaré en lenguas… en fin, recorreré todo el catálogo de actos del adolescente histérico. Una vez hecho esto saldré gritando y corriendo a la calle, y justo en ese momento un automóvil me atropellará, desapareciéndome de este mundo. La escena será impactante. Loco corre desquiciado, automóvil lo aplasta. Maravilloso. Y es justo en ese momento, ante los ojos pasmados de mis caseros y su hija, cuando del automóvil que me atropelló bajará, nada más y nada menos que, el Duque de Abrantes. Con toda su gloria y majestad. Repartiendo jazmines y gardenias a los presentes. ¿Qué hará el Duque de Abrantes? Irá directo con los caseros y pedirá la habitación recién desocupada. Sin duda se la darán. Al menos por dos razones. La primera es que él es el Duque de Abrantes, la segunda es que él acaba de atropellar a quien los injurió y deshonró, convirtiendo al Duque en un héroe. De esa manera el Duque se quedará con mi habitación, sin problemas de desalojo y viviendo como la realeza se lo merece. He aquí el twist de la historia, el Duque seré yo, disfrazado. Y la escena del atropellamiento será un elaborado montaje cuyo secreto no revelaré. Tengo unas cuantas horas para terminar de prepararlo, por ello no me demoraré más escribiendo esto. Les aseguro que será grandioso.
miércoles 15 de abril de 2009
El Tigre
___Como dije, el día comenzó sin contratiempos mayores. Para mí, los días inician a las cuatro de la tarde, no porque tenga un problema de desorden de sueño, después de todo, quién puede tener problema alguno durmiendo dieciocho horas diarias.
___Así que a las cinco de la tarde estaba a punto de acabar con una cajetilla de buenos rubios, cuando recibí la llamada. Era una mujer, por supuesto. Y parecía desesperada. Dijo que tenía un trabajo para mí, y que debía encontrarme con un tal Tigre en el museo, donde guardan las piedras antiguas que a los profesores tanto les fascina ver, mientras inventan historias de tribus ancestrales que gustaban de comer gente y sacrificar mujeres. A mí, las piedras antiguas no me enloquecen, pero en ese lugar el Tigre me diría qué hacer. En cuanto a la mujer, colgó tan rápido como hablaba.
___Tomé mi vieja arma, una Pilot V Ball, bien cargada de tinta. Suelo llevarla en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Siempre preparada, por si alguien quiere hacerse el inteligente conmigo. Nunca pasan quince minutos sin que me asegure que mi Pilot sigue en el bolsillo, el contacto de ella con mi zurda me mantiene equilibrado.
___En el camino hacia el museo me encontré a una anciana maestra que dijo estar sorda de los dos oídos, lo que yo había sospechado después de veinte minutos gritándole que no me siguiera.
___Llegué al lugar indicado, y esperé a que el Tigre me encontrara. Un individuo calvo llegó con un libro en la mano y me miró de una manera extraña. Pensé que él sería el Tigre, pero cuando se lo pregunté, bromeó histéricamente sobre rugir y estar en la selva. No me reí.
___Al fin, el Tigre llegó, y me dijo que debía subir a la planta alta del edificio, que ahí estaría todo preparado y sabría qué hacer.
___Subí sin cuestionarlo, no me gusta hacer demasiadas preguntas a personas que no sabrían responderlas. Al parecer para el Tigre, todo preparado significa ciento veinte litros de vino y cuatrocientas copas sobre una mesa. Entendí que él deseaba que emborrachara a ochenta personas, para que pudiera convencerlas de que él es un amor.
___Un trabajo así es demasiado para un solo hombre, así que pedí refuerzos. Pero sólo llegó Durango.
___Soy un hombre modesto, pero vaya que hicimos un buen trabajo. En menos de una hora, ochenta personas se arrastraron por el suelo alabando al Tigre.
___No todo fue felicidad. Durango se enojó conmigo, pues estaba convencido de que un estornudo mío espantó de forma mística a una jovencita. Dijo que rompí la tensión sexual que él y ella habían acumulado en toda una noche de coqueteo, o algo parecido. No lo sé, quizá para él tensión sexual es no dejar de mirar a una mujer en toda la noche mientras se tienen fantasías eróticas y ella, desinhibida, platica con otros hombres.
___A la hora de cobrar por el trabajo, el Tigre quiso regatear conmigo. Antes de que pudiera hacerlo, ya lo estaba apuntando con un par de números disparados por mi vieja Pilot. Su reacción fue torpe, pues también me había asegurado de emborracharlo a él. Terminó pagándonos el doble de lo acordado. Tal vez así aprenderá que el amor nada tiene de gratuito.
viernes 10 de abril de 2009
Ejemplo de sensatez
–Antes de que me comas –le dijo el hombre al gigante–, debes saber que por ser un hombre muy pero muy triste, una parte de mí sabe a desgracia y la otra a regocijo, de comerte la primera serás desgraciado toda tu vida, y si te comes la segunda, el regocijo te acompañará hasta la muerte. Pero no sé cuál parte es cual, y si te comes las dos partes –continuó el hombre triste–, caerás muerto instantáneamente. ¿Ves ahora que es más conveniente no comerme?
Siendo Gargantúa un gigante muy práctico que cuando toma una decisión no da vuelta atrás, partió en dos mitades al pobre hombre y con ellas se dirigió al pueblo más próximo. Ahí cocinó las dos mitades, organizó una fiesta en la que invitó a todos los habitantes del lugar, y en la mesa principal, en dos grandes platos, estaban, irreconocibles, las mitades del hombre cocinadas con la maestría que el gigante había adquirido como gourmet tras tantos año de comilón. Todos los invitados comieron, menos Gargantúa, quien estaba ocupado conversando con las mujeres más bellas del lugar.
Horas más tarde, cuando la comida habíase terminado, la mitad de los invitados estaban tirados en el suelo sollozando de tristeza, mientras que la otra mitad gozaba de felicidad sin razón aparente. Fue entonces cuando Gargantúa procedió a comerse a cada uno de los invitados felices, evitando siquiera tocar a los desgraciados. Luego continuó su camino con una irreprimible sonrisa en su enorme rostro.
